La lección que mi perra me enseñó

Con el final de los ciclos amanece la oportunidad de transformaciones y nuevas posibilidades.

Eso me lo enseñó mi perra Maya.

Hoy se cumple un año de que mi perrita, que tanto amé y nos acompañó por 11 años, cruzó el arcoiris. Su muerte, por supuesto, fue un golpe doloroso y su ausencia aún marca una vida diferente. Extraño esos ojitos que son los más hermosos que he visto en un perrito en toda mi vida, su cuerpo calientito pegadito a mis pies mientras trabajo en mi escritorio en casa, y… y… y ahí le paro la lista porque ya estoy a punto de llorar mientras escribo esto de solo pensar en tantas maravillas que trajo a mi vida.

Soy afortunada de tener casa propia. Tiene un pequeño espacio al frente que puede funcionar como jardín. Desde que nos mudamos hemos ido haciendo arreglos aquí y allá, pero aunque siempre salía el comentario “un día de estos hay que poner plantas, flores, un arbolito…”, no lo hacíamos. Y solo quedaba en el “un día de estos”. Ese cuadrito solo era tierra y grava. Honestamente la vista era seca y triste.

Y entonces, llega el día en que Maya tiene que partir. Como todo dueño de mascota que ama a su perrito (o gatito, si es que así lo prefieres), echar a un hoyo con cal a ese animalito que te regaló años de fidelidad y amor no es suficiente. Y la idea de tener un frasco con sus cenizas en un rincón de la casa… simplemente no era algo para nosotros. Así que decidimos enterrarla en nuestro pedacito de “jardín” y para que siguiera viva y presente en nuestras vidas decidimos plantar un arbolito donde ella descansa hoy.

Así empezaron una serie de cambios en casa: un arbolito, una enredadera cubriendo la reja, pintar la fachada, un alimentador de aves… y próximamente pondremos unas macetas con flores nativas, un bebedero para aves y abejas, un poco de pasto, y quiero conseguir un bebedero para colilbríes (¡y aún más ideas!).

El escritorio donde escribo esto en este preciso momento se ubica junto a una ventana que da directamente hacia ese pequeño cuadro que ahora ya puedo llamar “jardín”. Y me llena de dicha ver a los pajaritos, abejas y mariposas que lo visitan (justo en este momento veo 3 pajaritos frente a mí), escuchar el canto de las aves, y me alegra mucho ver cómo se posan en los brazos de Maya -porque para mí, ese arbolito que ahora es más alto que mi casa, sigue siendo Maya pero de otra forma-. Mi casa se ve con vida, acogedora, y además… sí, incluso se siente menos caliente llegar a casa y no estar sobre una plancha de puro cemento, tierra y piedras, gracias a la vegetación que hay. Aunque sea poquita.

La muerte de Maya me rompió el corazón, pero a raíz de ese momento llegaron una serie de cambios que ELLA INICIÓ con su partida, trayendo vida y alegría a mi hogar de diferentes maneras.

Ella, con su humilde existencia, no solo me regaló felicidad y amor en vida. Sino que me mostró que con el final de los ciclos amanece la oportunidad de transformaciones y nuevas posibilidades.

Y eso… me lo enseñó mi perra.

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